Obra publicada / STRATA
QUIES
Estratos, límites ondulantes y presencias aisladas en suspensión.
- Medidas
- 31.5 × 47.2 in / 80 × 120 cm
- Serie
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STRATA
Serie pictórica
STRATA
STRATA reúne pinturas abstractas donde la superficie se vuelve territorio de presión, corte y duración. Entre campos cromáticos densos, bloques compactos e incisiones, Maurizio Valch sitúa la memoria como una huella material antes que como un relato descifrable. Ver serie
- Estudios de contexto
- 12
Nota conceptual
La composición se levanta en vertical mediante estratos horizontales que no llegan a estabilizarse como franjas limpias. Arriba domina una materia casi nocturna, espesa y trabajada, donde aparecen veladuras rojizas y violáceas como restos de luz retenida bajo una superficie oscura. Más abajo, los campos terrosos, verdosos y grises se suceden sin constituir un paisaje reconocible: son extensiones de pintura, zonas de densidad variable, depósitos de color y gesto. Entre ellas corren líneas claras, irregulares, ligeramente elevadas, que parecen marcar divisiones pero que también las atraviesan, las enlazan, las reparan de manera incompleta. Su ondulación impide entenderlas como fronteras firmes. Separan y cosen a la vez. En ese doble movimiento comienza a aparecer una paradoja decisiva: pertenecer a un campo puede significar encontrar una forma de amparo, pero también aceptar el borde que lo distingue y lo limita. La pintura no presenta una superficie unificada ni una suma de compartimentos aislados; mantiene las zonas juntas precisamente allí donde su contacto parece más frágil.
Trabajo esos límites sin esperar que resuelvan el espacio. Cuando deposito una línea clara entre dos materias, no busco trazar una separación definitiva, sino dejar visible el esfuerzo de mantener dos zonas próximas sin confundirlas. Para mí, una línea puede defender y puede herir; puede cubrir una grieta y, al mismo tiempo, hacerla más perceptible. La siento como una cicatriz porque conserva la memoria de una presión, pero también como una forma de contacto porque sólo existe entre aquello que no termina de coincidir. No confío en la pureza de una superficie intacta ni en la seguridad de un borde perfectamente recto. Prefiero que la materia tiemble, que el trazo se interrumpa, que algo del color inferior vuelva a aparecer. Allí donde el límite parece menos seguro, puedo reconocer una proximidad que no exige absorción ni distancia absoluta.
El pequeño bloque blanco, situado hacia la derecha de la franja superior, concentra una luz abrupta en medio de la oscuridad alta. Su tamaño reducido no disminuye su presencia: por contraste, parece expuesto a la materia que lo rodea, como si no encontrara una base estable en aquella zona profunda y rojiza. Muy por debajo, hacia la izquierda, el rectángulo verde oscuro se apoya sobre una línea ondulante dentro de una franja más clara, aunque esa claridad tampoco lo protege por completo: alrededor persisten capas densas, bandas sombrías y superficies que parecen desplazarse unas sobre otras. No hay motivo para convertir estos dos bloques en figuras reconocibles ni para asignarles una función narrativa. Su relación se sostiene, más bien, en la desigualdad de sus emplazamientos. El blanco irrumpe arriba, aislado y luminoso; el verde permanece abajo, contenido pero no resguardado de manera plena. Entre ambos se extiende una distancia estratificada en la que la protección deja de ser un recinto seguro. Se distribuye en apoyos parciales, en espesores de color, en bordes que no cierran del todo y en silencios que permiten advertir la existencia de otro punto, remoto pero insistente.
No pinto para alcanzar un territorio sin marcas. Necesito que las capas conserven desplazamientos, rozaduras, zonas donde la pintura parece haber sido retenida o arrastrada. Si confío en algo, no es en la promesa de que todo permanecerá intacto, sino en la posibilidad de permanecer ante lo que no se fija. Puedo apoyar un rectángulo sobre una línea, pero no puedo convertir esa línea en un suelo indiscutible; puedo abrir una luz en una zona oscura, pero no puedo garantizar que esa luz la domine. La confianza aparece para mí cuando acepto esa insuficiencia material y no la oculto. No consiste en negar el borde, sino en sostenerlo sin endurecerlo hasta volverlo muro. Quiero que quien mire pueda percibir que cada separación conserva una abertura, que cada capa está expuesta a la siguiente y que incluso la materia más oscura participa de una cercanía que no puede asegurar del todo.
En QUIES, la quietud indicada por el título no equivale a inmovilidad ni a retirada. Es una suspensión activa, construida por las tensiones entre los estratos, por el pulso irregular de las líneas y por la separación que mantiene al bloque blanco y al rectángulo verde en una relación sin conclusión. Nada termina de fundirse, pero nada queda enteramente apartado. La pertenencia no aparece como adhesión tranquila a un interior cerrado; toma la forma más incierta de una cercanía que conserva diferencias. La protección tampoco se ofrece como barrera absoluta, pues los bordes ondulantes dejan pasar la materia, la memoria del gesto y la amenaza de una alteración. Y la confianza, lejos de depender de una garantía, se instala en el espacio vulnerable donde dos zonas permanecen próximas sin poseerse. La pintura parece sostener ese intervalo: un territorio dividido que no renuncia a la relación, una superficie herida y cosida que propone permanecer junto a lo otro sin convertirlo en lo mismo.