TESSERA (80 × 120 × 3 cm), acrílico y óleo sobre lienzo de Maurizio Valch, perteneciente a la serie STRATA. Superficie matérica naranja atravesada por incisiones y bloques de luz.

Obra publicada / STRATA

TESSERA

De la serie STRATA

Medidas
31.5 × 47.2 in / 80 × 120 cm
Serie
STRATA Serie pictórica STRATA 2026–Present · 14 obras STRATA reúne pinturas abstractas donde la superficie se vuelve territorio de presión, corte y duración. Entre campos cromáticos densos, bloques compactos e incisiones, Maurizio Valch sitúa la memoria como una huella material antes que como un relato descifrable. Ver serie
Estudios de contexto
12

Nota conceptual

En TESSERA (80 × 120 × 3 cm), Maurizio Valch dispone una superficie dominada por naranjas de distinta gravedad: ámbar encendido, ocre espeso, zonas que se oscurecen hasta adquirir una densidad terrosa y otras que parecen haber quedado suspendidas en una veladura más ligera. El color no se presenta como un campo uniforme, sino como una acumulación de pasajes: transparencias que dejan entrever estratos anteriores, arrastres de materia, velos aplicados sobre zonas de mayor opacidad, cambios de temperatura que desplazan la mirada sin fijarla. Sobre esta extensión aparecen incisiones claras, finas y discontinuas, recorridos que cruzan horizontalmente la superficie, se desvían, se bifurcan o pierden momentáneamente su tensión. No dividen el cuadro de manera estable; más bien alteran su continuidad, como si el campo cromático hubiera sido atravesado por una presión tenue pero persistente. Los pequeños bloques rectangulares luminosos —uno cercano al borde superior izquierdo, otros dispersos hacia el centro, la derecha y la parte baja— no adquieren el peso de figuras ni se reducen a detalles decorativos. Su escala, casi mínima frente a la vastedad naranja, hace visible una pregunta: cómo algo puede pertenecer a una superficie tan intensamente unificada sin confundirse por completo con ella.

Trabajo el color hasta que deja de comportarse como una capa que cubre. Necesito que el naranja conserve sus variaciones, que pueda ser denso en una zona y permeable en otra, que la materia revele el tiempo de su aplicación sin convertirse en una demostración de gesto. Cuando incido la superficie, no busco abrir un dibujo sobre el fondo: busco comprobar qué ocurre cuando una continuidad recibe una marca y no se rompe del todo. La protección, ante este color expansivo, no puede ser una envoltura cerrada ni una defensa que aísla lo que toca. La pintura protege de otro modo: mantiene una tensión, permite que algo quede contenido sin quedar oculto, ofrece resistencia sin volverse muro. Por eso las incisiones pueden parecer frágiles, incluso insuficientes; no garantizan separación, pero hacen perceptible el deseo de establecerla. En esa precariedad encuentro una medida más concreta de confianza: no la certeza de que la superficie permanecerá intacta, sino la posibilidad de que soporte la marca, la desviación y el contacto.

El título introduce una escala distinta en esta relación. Una tessera es una pieza que cuenta porque no está sola, porque su forma presupone un conjunto, una proximidad, una estructura donde cada fragmento recibe y modifica el lugar de los otros. Pero en la pintura de Valch esa condición no aparece como un orden cerrado. Los rectángulos luminosos parecen reclamar un sitio en el campo sin ofrecerse como elementos intercambiables: cada uno guarda una intensidad propia, una posición irregular, una relación distinta con las incisiones que pasan cerca o se alejan. La antigua idea de la tessera como señal partida de reconocimiento vuelve aquí sin necesidad de convertirse en relato: estos bloques podrían ser partes conservadas, fragmentos que no certifican una pertenencia previa, sino que la ponen a prueba. La protección entonces se vuelve ambigua. El rectángulo más claro puede sugerir un punto de resguardo, pero también una zona expuesta por su brillo; puede ser una presencia guardada en la materia o algo que la materia no termina de absorber. La pertenencia deja de ser fusión y aparece como una proximidad difícil, sostenida entre la necesidad de estar dentro y la necesidad de conservar un borde.

No entiendo la pertenencia como posesión de una superficie. No considero que el campo naranja sea mío porque lo haya construido, ni que los pequeños rectángulos tengan que obedecer a una unidad que los vuelva idénticos. Pertenezco a las marcas que encuentro mientras trabajo, a las distancias que se forman entre una zona más oscura y otra velada, a la interrupción que produce una incisión cuando parece desviarse de toda dirección prevista. También pertenezco a aquello que no puedo fijar: a los vacíos entre los bloques, a las bifurcaciones, a los lugares donde la materia parece contener una luz sin entregarla por completo. Si introduzco un elemento rectangular, no quiero convertirlo en emblema ni protegerlo de la superficie como si fuera un cuerpo separado. Quiero dejar que se mantenga junto a ella, que su diferencia tenga peso y que esa diferencia no exija expulsión. La confianza, para mí, empieza allí: no en borrar las separaciones, sino en permitir que una marca permanezca próxima a otra sin tener que dominarla.

Así, las incisiones de TESSERA no conservan un único sentido. En ciertos tramos parecen costuras provisionales que reúnen campos de temperatura distinta; en otros, adquieren la delgadez de una frontera defensiva o de un recorrido que busca orientarse en la extensión del color. Los bloques luminosos tampoco resuelven su condición: pueden leerse como partes de un conjunto, como señales que esperan correspondencia, como resguardos insuficientes o como presencias que hacen más visible la amplitud que las rodea. La pintura sostiene esa indeterminación materialmente: nada termina de cerrarse, pero tampoco se dispersa sin relación. La pertenencia ya no equivale a estar fundido en una totalidad; la protección ya no describe un interior seguro; la confianza no se presenta como acuerdo consumado. Entre ámbares, ocres, capas veladas y marcas claras que se cruzan sin llegar a consolidar una red, las tres palabras quedan expuestas a una superficie que las reúne mientras preserva sus diferencias.