Obra publicada / SITUS
CLIVUS
De la serie SITUS
- Medidas
- 31.5 × 51.2 in / 80 × 130 cm
- Serie
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SITUS
Serie pictórica
SITUS
SITUS reúne pinturas abstractas donde la posición de una forma, la distancia que la separa de otra y la actividad del vacío construyen un territorio de relaciones. Maurizio Valch trabaja líneas, bordes, desniveles y campos cromáticos como condiciones de presencia antes que como signos de una narración cerrada. Ver serie
- Estudios de contexto
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Nota conceptual
La organización espacial de CLIVUS se impone de inmediato a través de una geografía de planos inclinados y horizontes sesgados que desafían la estabilidad del espectador. Lejos de ofrecer un suelo firme, la superficie se fragmenta en estratos de tonos ocres, verdes secos y marrones que se deslizan hacia abajo, presionados por el peso de un cielo encendido en rojo carmesí y divididos por un denso abismo azul central. En esta topografía del declive, la pertenencia no se manifiesta como un puerto seguro o una llanura de descanso; por el contrario, habitar este espacio exige una negociación constante con la gravedad. Pertenecer a este territorio pictórico significa reconocerse parte de un sistema de sedimentación y deslizamiento, donde la única estabilidad posible consiste en aprender a sostenerse sobre la pendiente, asumiendo la deriva de los planos como la condición fundamental del propio asentamiento.
Yo concibo la superficie de la tela como un campo de fuerzas donde cada capa de óleo y acrílico que acumulo y raspo busca su propia resistencia física. Para mí, la protección no consiste en levantar muros herméticos que aíslen la materia del exterior, sino en la colocación estratégica de esos bloques y monolitos que sostienen el empuje de los sedimentos cromáticos. Al arrastrar la espátula y el pincel, dejo marcas, rebabas y texturas que funcionan como un refugio táctil; son huellas de mi propio cuerpo que contienen la disolución y evitan que la pintura caiga en el vacío del color puro. Sellar este espacio con planos densos es mi manera de blindar el lienzo, ofreciendo puntos de apoyo físicos donde el color, en su avance implacable, encuentra un límite y una superficie donde acumularse sin perder su densidad.
En medio de esta inestabilidad, los bloques monolíticos de color azul claro distribuidos en los diferentes niveles de la composición introducen una tensión geométrica que redefine el espacio. No se trata de formas flotantes y desvinculadas, sino de volúmenes que asumen la inclinación de los campos que los contienen, algunos asentados con aparente firmeza y otros inclinados peligrosamente sobre la pendiente. Es aquí donde se materializa la confianza, entendida no como una certeza pasiva, sino como la entrega física de la geometría a las leyes del declive. Esta entrega se ve reforzada por las pequeñas cuñas de color rosa eléctrico y rojo brillante que irrumpen en los bordes de los estratos; estos fragmentos de luz actúan como calzos o topes que detienen el derrumbe, demostrando que la tensión acumulada en las uniones laterales es lo que sostiene la estructura y evita que el paisaje colapse hacia el vacío exterior.
Cuando hundo el metal en la materia fresca para trazar esas líneas delgadas y rasgadas que delimitan los campos, no estoy simplemente dibujando fronteras; estoy abriendo incisiones que revelan la historia de la pintura. Para mí, el acto de cortar la superficie es una búsqueda de la verdad por sustracción, un intento de llegar al hueso de la tela. Es en estas cicatrices donde escribo la confianza y la pertenencia: raspar las capas de carmesí u ocre para dejar ver la luz del soporte original no es un gesto destructivo, sino la cartografía de una resistencia compartida. Cada línea incisa es una herida necesaria, un camino de tránsito que delimita dónde se quiebra un estrato y dónde comienza el siguiente, mostrando que la estructura del cuadro se mantiene unida precisamente a través de sus fracturas expuestas.
Al distanciarse para contemplar CLIVUS en su escala real de 130 centímetros de altura, apoyada contra el plano mudo de la pared, la obra adquiere una presencia volumétrica y tridimensional casi objetual. Su grosor de tres centímetros y sus bordes limpios proyectan una sombra real sobre el muro, convirtiendo la pintura en un cuerpo físico que comparte nuestro espacio. En este encuentro, la pendiente deja de ser una amenaza de caída inminente para transformarse en una orilla táctil y transitable. Los conceptos de pertenencia, protección y confianza se unifican finalmente en la percepción del espectador, quien comprende que habitar la herida, el declive y la fricción de la materia no es un síntoma de vulnerabilidad, sino la única forma posible de experimentar la gravedad, el peso y el movimiento de nuestro propio cuerpo ante el plano pictórico.