VORAGO (210 × 160 cm), acrílico y óleo sobre lienzo. Una exploración del movimiento centrípeto y la tensión material.

Obra publicada / VORTEX

VORAGO

Serie VORTEX

Medidas
82.7 × 63 in / 210 × 160 cm
Serie
VORTEX Serie pictórica VORTEX 2017–2019 · 3 obras La serie VORTEX de Maurizio Valch ofrece una pintura abstracta contemporánea original en acrílico y óleo sobre lienzo. Estas obras exploran las dinámicas de atracción y transformación a través de formas concéntricas y texturas matéricas, configurando un espacio visualmente potente. Ver serie
Estudios de contexto
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Nota conceptual

La imponente presencia de "VORAGO" se manifiesta en el espacio como una herida cromática que desafía la quietud de la sala. Domina la superficie una colosal espiral magenta y rosa que emerge con violencia sobre un fondo de campos oscuros, donde verdes profundos, negros de carbón y carmines velados disputan el territorio. La composición no ofrece una línea fluida ni decorativa; al contrario, la espiral se presenta como un bloque matérico, casi tridimensional, que parece haber sido tallado a golpes o erosionado por una fuerza tectónica. Las divisiones espaciales que compartimentan el fondo sugieren una estructura de carácter brutalista, un andamiaje racional que intenta contener una fuerza esencialmente desorganizada. Al contemplar esta fricción, el espectador queda atrapado entre dos interpretaciones del movimiento circular: por un lado, el concepto junguiano del mandala como un proceso de circunambulación hacia el Sí-mismo, aunque aquí el tono encendido y la densidad del color sugieren más bien la irrupción desestabilizadora de la Sombra; por el otro, la advertencia de Gurdjieff sobre la mecanicidad y el letargo del ser humano, donde el vórtice opera como un remolino centrípeto que absorbe la atención y adormece la conciencia autómata, obligándonos a preguntar si este cuadro es una trampa de inercia o el shock necesario para el despertar.

Frente a la tela, el tiempo no transcurre de forma intelectual, sino a través del peso físico de mis brazos y la resistencia de los materiales. Al construir "VORAGO", acumulé sucesivas capas de acrílico y óleo, arrastrando la espátula con fuerza para consolidar la masa de la espiral, buscando que el pigmento dejara de ser color y se convirtiera en carne, en geología. El núcleo del cuadro, sin embargo, se define en el acto destructivo de la incisión: esos cortes profundos que cruzan la superficie no son líneas añadidas, sino heridas infligidas a la materia fresca para revelar los estratos de pintura ocultos bajo el rosa dominante. Cada surco es una cicatriz cartográfica que interrumpe la inercia del giro, un freno impuesto al torbellino para que la mirada no se deslice sin resistencia hacia el abismo del centro. Al tajar el plano, detengo la aceleración centrífuga y obligo al espectador a confrontar la densidad del tiempo acumulado en cada capa, transformando el movimiento continuo en una tensión detenida y violenta.

Esta insistencia en marcar la superficie a través de la incisión conecta la materialidad de "VORAGO" con los primeros impulsos creativos de la humanidad en la prehistoria europea. En los grabados circulares del Neolítico y en las hendiduras realizadas sobre la piedra de las cuevas del Mediterráneo, el trazado de la espiral no respondía a un fin ornamental, sino a un rito arcaico de demarcación territorial, una necesidad de fundar un orden frente al caos de la naturaleza circundante. La obra de Valch reactiva esta memoria profunda del soporte rocoso, donde el giro es un límite y una declaración de presencia. Sin embargo, el análisis histórico nos revela cómo ese rito original de contención y orientación cósmica se fue transformando con el tiempo en estructuras de poder, de encierro y de compartimentación espacial. En la pintura, las líneas ortogonales que fragmentan los fondos verdes y negros actúan como rejas modernas, una retícula racional que intenta domesticar la fuerza primitiva del vórtice, mostrando que todo intento de delimitar el territorio termina por construir un laberinto del cual es difícil escapar.

Escucho las lecturas analíticas que vinculan mi trabajo con los arquetipos psicológicos, las cosmologías antiguas o los sistemas de despertar espiritual, y aunque reconozco que esas corrientes habitan el subconsciente de la época, mi batalla diaria se libra exclusivamente con la autonomía del cuadro. Para mí, este magenta no es un símbolo místico ni una representación de la angustia; es una presencia rotunda, una materia viva y corporal que exige su derecho a existir con la misma obstinación que un bloque de granito. Mi producción suele buscar el silencio y la inmovilidad de los horizontes planos, espacios donde el ojo pueda descansar en la contemplación del vacío, pero "VORAGO" me impuso una velocidad centrífuga que casi escapa a mi control en el taller. Tuve que luchar físicamente contra el cuadro para que el torbellino no devorara la estructura, utilizando la espátula y las incisiones como anclas necesarias para sujetar una energía que reclamaba su propia independencia tectónica fuera de los límites del marco.

Sostener la mirada ante "VORAGO" exige habitar una paradoja donde la inmovilidad física de la pintura colisiona constantemente con la fuerza dinámica que sugiere la espiral. El lienzo, un imponente plano suspendido en la pared, se presenta como un umbral donde las formas no están completamente cerradas, sino en un proceso perpetuo de erosión y reconstrucción ante nuestros ojos. No hay aquí respuestas definitivas ni una resolución pacífica para el conflicto entre la estructura racional que divide el espacio y la pulsión del remolino rosa que amenaza con desbordarlo. El espectador queda suspendido en ese límite difuso donde el orden se desmorona y la materia revela su naturaleza transitoria, recordándonos que toda construcción humana, ya sea una teoría, una ciudad o una identidad, está siempre expuesta a la atracción inevitable de su propio centro de gravedad.