Estudio de contexto / TENSUM
Cuadro TENSUM de Maurizio Valch en Salón de Hormigón Brutalista
Al enfrentarnos a "TENSUM", la monumentalidad de sus ochenta por ciento veinticuatro centímetros se revela no como una simple superficie bidimensional, sino como una geografía sagrada y arcaica, donde la composición en zigzag de campos cromáticos oscuros y ocres evoca las escarpadas rutas de la prehistoria europea o los remotos santuarios de montaña del Mediterráneo minoico. En esta ascensión fracturada, resulta inevitable convocar el pensamiento de Carl Gustav Jung, el influyente psiquiatra y psicólogo suizo que fundó la psicología analítica y dedicó su vida a desentrañar los arquetipos del inconsciente colectivo. Para Jung, la tensión entre los opuestos es el motor fundamental de la energía psíquica y la condición indispensable para el proceso de individuación; bajo esta premisa, la confrontación entre el imponente monolito oscuro que gobierna la cima izquierda y la diminuta pero persistente presencia luminosa que resiste en la base derecha cobra una dimensión profundamente simbólica. La pintura se convierte así en la cartografía de una psique que busca desesperadamente su centro a través de la herida y la división, obligando al espectador a interrogarse si la ascensión es un retorno al origen o una huida de la propia sombra.
Cuando me enfrento al lienzo vacío de "TENSUM", mi mano no busca la comodidad del pincel que acaricia, sino la fuerza del objeto que hiere. Esas líneas blancas y luminosas que dividen los campos cromáticos no son trazos superpuestos ni decisiones de dibujo de último minuto; son incisiones reales, heridas físicas infligidas directamente sobre las capas todavía húmedas de acrílico y óleo, abriendo grietas de luz en la densidad acumulada de la materia. Al trabajar la textura, no pretendía ilustrar un concepto espiritual abstracto ni teorizar sobre la dualidad, sino registrar la resistencia pura de la materia y la tensión real de un soporte físico que se fractura para poder sostenerse. Cada surco es un testigo del esfuerzo, un testimonio de cómo el color, al verse empujado y raspado, revela un sustrato más claro que late por debajo, como si la propia pintura tuviera una urgencia física de manifestar su propio esqueleto y su dolorosa luz interna.
Este sinuoso camino ascendente que estructura la tela puede analizarse bajo la luz de George Ivanovich Gurdjieff, el místico y maestro espiritual armenio que propuso el camino del despertar basado en el esfuerzo consciente y la autoobservación activa para escapar del estado de sueño hipnótico en el que vive la humanidad. Desde su perspectiva, cabría preguntarse si este zigzag pictórico representa un trayecto de despertar real y fricción consciente contra la inercia, o si, por el contrario, refleja la repetición mecánica y el automatismo de un ser dormido que asciende fatigosamente hacia un templo vacío y frío personificado por el monolito superior. Esta interrogación entra en fricción directa con la filosofía de Osho, el místico indio que abogaba por la libertad individual y la rebelión contra todo dogma establecido; bajo su mirada, el imponente bloque oscuro de la cima encarna la opresión de las instituciones, el peso muerto de la tradición y la moral colectiva que busca domesticar el espíritu, mientras que la pequeña y vibrante presencia luminosa de la base representa el germen indomable de la libertad individual, la inocencia y el juego creador que se niega a ser asimilado por la estructura dominante.
Al pintar esta obra, mi mente habitaba constantemente la geografía del silencio que define al Mediterráneo andaluz, un paisaje de tierras secas y luces calcinadas donde la inmensidad se vuelve introspección y los límites del terreno se transforman de inmediato en fronteras mentales. Sentía la necesidad de volcar esa aridez, esa luz contenida que no se entrega fácilmente, y por ello la pintura se resistió con vehemencia a convertirse en un paisaje amable, pastoral o decorativo. Exigió de mí una composición severa, casi brutalista, donde la gravedad de los volúmenes impone su propia ley; un espacio riguroso donde el monolito oscuro y el bloque luminoso se erigen como dos centinelas silenciosos que se contemplan desde la distancia, atrapados en una eterna mirada de reconocimiento mutuo que, sin embargo, está condenada a no consumarse nunca en el contacto físico, sosteniendo una tensión que es el alma misma de la obra.
Al final de este recorrido visual y conceptual, la mirada del espectador es devuelta inevitablemente a la materialidad concreta de "TENSUM", donde las rugosidades y empastes simulan la piel ajada de la tierra y las imperfecciones de las incisiones demuestran la falibilidad del gesto humano sobre el soporte. El cielo superior, brumoso y cargado de una melancolía plomiza, no ofrece una salida mística ni una resolución simplista a la encrucijada terrestre; no hay aquí redención celestial ni promesas metafísicas de comunión. Al evitar cualquier conclusión reduccionista, la pintura nos deja suspendidos en la vibración pura de esa tensión que le da nombre, demostrando de manera soberbia cómo una simple hendidura física sobre el lienzo es capaz de albergar toda la gravedad, el peso existencial y el misterio fundacional de una civilización que apenas comienza a nombrarse a sí misma.
- Obra original
- TENSUM
- Medidas reales
- 31.5 × 47.2 in / 80 × 120 cm
- Presentación
- Visualización contextual digital
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Sobre esta visualización
Esta visualización sitúa la obra dentro de un contexto arquitectónico para ayudar a coleccionistas y público a imaginar su presencia en un espacio real. Es una referencia interpretativa, no una reproducción exacta: la obra original es la única autoridad sobre la escala, el color, la superficie y la presencia material.