Obra publicada / STRATA
Sogno di un filo teso
De la serie STRATA
- Medidas
- 31.5 × 47.2 in / 80 × 120 cm
- Serie
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STRATA
Serie pictórica
STRATA
STRATA reúne pinturas abstractas donde la superficie se vuelve territorio de presión, corte y duración. Entre campos cromáticos densos, bloques compactos e incisiones, Maurizio Valch sitúa la memoria como una huella material antes que como un relato descifrable. Ver serie
- Estudios de contexto
- 10
Nota conceptual
Movimiento I: La tensión del horizonte (Las líneas superiores)
Frente a la inmensidad verde de Sogno di un filo teso, el espacio no se presenta como un fondo plano, sino como una masa densa que ejerce resistencia. Dos miradas asimétricas convergen ante este territorio suspendido. Por un lado, Jorge Luis Borges, escritor que exploró los laberintos infinitos, las geometrías invisibles y los hilos de la memoria que sostienen el universo, observa el lienzo y descifra en él una arquitectura del pensamiento puro. Por otro, Jacques Cousteau, explorador que descendió a las profundidades marinas para descifrar la vida que late en la oscuridad y bajo presiones extremas, percibe la obra como un ecosistema sumergido donde cada elemento lucha contra la gravedad del fluido.
Para el escritor, las dos líneas finas que cruzan la mitad superior del lienzo son senderos suspendidos en el vacío, hilos de Ariadna que intentan poner orden en el caos de un territorio indescifrable. Sin embargo, el oceanógrafo interrumpe esa lectura geométrica: para él, esas líneas no son abstractas, sino cables de acero sometidos a una tensión brutal, vibrando bajo el empuje de corrientes invisibles. ¿Qué sonido haría una de las finas líneas blancas si se rompiera bajo la presión de la oscuridad? ¿Quién sostiene los extremos de esos hilos que cruzan el lienzo de lado a lado? El verde no es un color estático; es un aire denso, una masa de agua fría que respira y oprime los filamentos blancos, obligándolos a doblarse levemente en sus centros, como si algo invisible se hubiera posado sobre ellos para medir su resistencia.
Cuando apoyé el pulso sobre el plano verde, no sabía si estaba abriendo un camino en el aire o cavando en una pared de agua sólida. Trazar esa línea blanca requería contener la respiración; un milímetro de desvío y la tensión se habría desmoronado por completo. Sentía el frío del pigmento oscuro empujando contra mi mano, exigiéndome un pulso tan firme como el de quien camina sobre un abismo sin red.
Movimiento II: La intrusión de la masa (La mancha roja)
De pronto, el equilibrio se rompe. En la mitad inferior del cuadro, una gigantesca masa roja irrumpe como una agresión térmica. La frialdad del verde-negro choca contra este fuego denso e irregular. Borges ve en esta mancha un continente sin cartografiar, una intrusión de lo real y violento en medio del sueño racional de las líneas. Cousteau, tocando casi la vibración del color con la yema de los dedos, la interpreta como una dorsal volcánica, una herida en la corteza que emana calor y altera la densidad del agua a su alrededor.
¿Cuánto pesa el color rojo cuando está rodeado de un verde que parece respirar? ¿Es la masa roja algo que asciende como un globo de helio espeso o algo que se está hundiendo lentamente en el fondo? La gravedad aquí se vuelve táctil: el rojo no flota, se impone con la viscosidad de la sangre o de la lava enfriándose. Los pequeños cuadrados de color claro que flotan cerca de las líneas parecen boyas de señalización o restos de un naufragio intelectual que intentan advertirnos del peligro de esa gran masa incandescente. Entre los dos observadores se genera una vibración: la geometría mental del laberinto borgeano se deforma por la presión física y térmica que Cousteau describe en las profundidades. El cuadro ya no se mira; se padece en los músculos.
Escucho a estos dos hombres hablar de mapas y abismos, y me doy cuenta de que tienen razón, pero solo en parte. Hay una zona del cuadro, ese nudo oscuro donde el rojo se desgarra y se mezcla con la penumbra de la derecha, que todavía se me escapa por completo. Al pintarla, sentí que la materia tomaba una decisión propia, una gravedad que yo no había planeado, y aún hoy me pregunto qué fuerza late allí dentro, fuera de mi control.
Movimiento III: El abismo inferior
En la franja inferior de la obra, la oscuridad se vuelve casi absoluta. Aquí, la última línea blanca ya no se mantiene rígida: se curva de manera pronunciada hacia abajo, vencida por una fuerza gravitatoria que no vemos pero que intuimos perfectamente. Borges y Cousteau guardan silencio. El escritor comprende que el laberinto ha colapsado bajo su propio peso; el explorador sabe que hemos alcanzado la fosa abisal, donde la presión aplastaría cualquier cuerpo desprotegido.
El lienzo ha dejado de ser una superficie plana de 80 por 120 centímetros para transformarse en un pozo de tres dimensiones donde el aire pesa y el color late. La última línea combada es el límite de nuestra resistencia. Algo tira de ella desde el borde inferior del marco, un cabo suelto que se pierde fuera de los límites físicos de la obra. Nos queda la duda de si esa cuerda tensa logrará sostener el peso de la masa roja o si, en cualquier momento, el hilo se romperá, dejándonos caer definitivamente en el silencio verde que todo lo traga.