Estudio de contexto / FISSURA
FISSURA de Maurizio Valch expuesto en galeria de arte
La vasta superficie de FISSURA se impone a través de una austera y densa masa de granate, óxido de hierro y arcilla seca, un territorio de pigmento acumulado que parece haber sido depositado sobre el lienzo a lo largo de eras geológicas. Sobre esta corteza texturizada, una serie de líneas incisas cortan el plano con la precisión de una aguja, funcionando no como elementos ornamentales, sino como fallas tectónicas o antiguas fronteras paleolíticas que fracturan la continuidad de la materia. Al incorporar la psicología analítica de Carl Gustav Jung, cuyo estudio de los arquetipos permite comprender cómo las estructuras latentes del inconsciente irrumpen en la vigilia, estas líneas y los bloques aislados de color adquieren una dimensión psíquica profunda. No representan una abstracción puramente geométrica, sino la emergencia de contenidos reprimidos que agrietan la superficie adormecida de la consciencia, forzando a la psique a confrontar las tensiones que subyacen bajo su aparente uniformidad.
Cuando sostengo el punzón ante la pintura aún húmeda, asumo que mi tarea no consiste en dibujar, sino en ejercer una violencia necesaria sobre la materia; tallar estas líneas es herir la piel del lienzo para obligarla a revelar los estratos de color que se ocultan en su espesor. Al arrastrar la herramienta sobre el acrílico denso, rompiendo la resistencia del granate, busco desenterrar la memoria física de las capas inferiores. Recuerdo la extraña vibración que recorrió mi mano al depositar ese azul turquesa luminoso, de cualidad casi mineral, en el interior del recinto rojo del cuadrante izquierdo. No se trató de una decisión compositiva o estética, sino de una necesidad biológica de oxígeno visual: fue como abrir un pozo de agua sagrada o encender un fuego arcaico en mitad de una llanura desierta, un punto de resistencia activa frente a la gravedad circundante.
Las divisiones horizontales de la obra estructuran un riguroso sistema de tensiones espaciales que cuestiona la inercia del espectador. A través del pensamiento de George Gurdjieff, quien teorizó sobre el estado de sueño autómata en el que transcurre la vida humana y la necesidad de choques voluntarios para despertar, las bandas oscuras y pesadas del cuadro pueden leerse como la mecanicidad de la existencia material. Frente a este adormecimiento visual, los pequeños bloques encendidos operan como "recuerdos de sí", interrupciones conscientes que fracturan la inercia del fondo. Sin embargo, al confrontar esta estructura con la perspectiva de Osho, para quien la espiritualidad reside en la libertad sin restricciones y el juego libre de la energía vital, estos cuadrantes adquieren una cualidad indómita; se revelan como reductos de deseo salvaje que buscan sobrevivir dentro de los límites estrictos impuestos por las incisiones. El lienzo plantea así una duda física: ¿son estas líneas recintos protectores que resguardan la vibración del color o jaulas destinadas a contener su expansión?
Al contemplar la escala terminada de la pintura, reconozco en su estructura una conexión inevitable con la memoria del territorio, vinculada a las marcas lineales presentes en las cuevas prehistóricas del Mediterráneo y en los dólmenes de piedra donde se delimitaba físicamente lo sagrado de lo profano. Mientras abría estas brechas en la materia, dudaba de mi propio papel en el proceso, debatiéndome entre la necesidad de organizar un mapa de mi propia memoria dispersa o el simple intento de construir un refugio contra el avance implacable del tiempo. La pintura se convierte así en un registro arqueológico personal, un intento de fijar marcas estables sobre una superficie inestable antes de que el aglutinante se seque por completo y fije los límites de manera irreversible.
Ante los ciento veinte centímetros de ancho de la obra, la escala física impone una distancia de contemplación donde el ojo no puede permanecer estático, oscilando de manera constante entre la pesadez del fondo terroso y la vibración casi eléctrica de las pequeñas zonas saturadas. La experiencia del cuadro no se agota en la observación pasiva, sino que exige habitar el espacio intermedio de la fractura. Al final, la obra nos demuestra que la grieta no es un elemento de destrucción o decadencia de la materia, sino el único intervalo posible en el plano endurecido; la fisura es el espacio de apertura indispensable por donde la luz y la consciencia pueden comenzar a filtrarse.
- Obra original
- FISSURA
- Medidas reales
- 47.2 × 31.5 in / 120 × 80 cm
- Presentación
- Visualización contextual digital
Referencias de contexto
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Sobre esta visualización
Esta visualización sitúa la obra dentro de un contexto arquitectónico para ayudar a coleccionistas y público a imaginar su presencia en un espacio real. Es una referencia interpretativa, no una reproducción exacta: la obra original es la única autoridad sobre la escala, el color, la superficie y la presencia material.