Obra publicada / FACIES
CUTIS
Rostro fragmentado, superficie expuesta
- Medidas
- 82.7 × 55.1 in / 210 × 140 cm
- Serie
-
FACIES
Serie pictórica
FACIES
La serie «FACIES» de Maurizio Valch es una exploración de la pintura abstracta contemporánea de rostros. Estas obras, realizadas en acrílico y óleo sobre lienzo, presentan arte estructural de rostros fragmentados, donde la identidad emerge como una superficie cambiante, una coexistencia de formas, miradas y silencios. Ver serie
- Estudios de contexto
- 12
Nota conceptual
La escala física de "CUTIS", cuyas dimensiones de 210 x 140 cm imponen una presencia casi arquitectónica, sitúa al espectador ante una fisonomía que desborda el formato del lienzo y clausura cualquier distancia contemplativa cómoda. El rostro, fragmentado pero monumental, no se ofrece aquí como una representación anatómica tradicional, sino como una topografía de la carne pictórica. El "cutis" que da título a la obra deja de ser una mera envoltura epidérmica para convertirse en una frontera de carácter tectónico, una corteza construida mediante la acumulación de capas de óleo que actúa como un baluarte de protección. Esta materia densa, de pinceladas ásperas y ritmos cortantes, resguarda una interioridad que se resiste a ser consumida de inmediato. En este frente matérico, la mirada simétrica y frontal de los ojos en un azul índigo intenso opera como un dispositivo de confrontación: dos focos magnéticos que suspenden el juicio del observador, obligándolo a sostener la fijeza del presente y a chocar contra la impenetrable densidad de esta máscara protectora.
Al enfrentarme a las dimensiones de este lienzo en la solidad del taller, concebí el espacio no como la captura de una forma preconcebida, sino como un territorio que debía conquistar mediante la fricción física de la materia. Recuerdo cómo las amplias pinceladas, que en un principio sugerían la horizontalidad de un paisaje abstracto, se fueron condensando por pura gravedad formal en esta fisonomía monolítica. Para mí, la pertenencia no es un refugio estático ni una identidad heredada, sino una reconciliación forzada entre polaridades. Lo veo reflejado en la costura vertical, esa sombra densa y casi constructiva que corta el eje de la nariz y divide el rostro en dos vertientes cromáticas. Al pintar con estos tonos tierra, grises y ocres brutos, busco consolidar un suelo propio sobre el soporte, un territorio donde esas dos mitades de mi propia búsqueda puedan arraigar y coexistir bajo la fuerza de una misma gravedad plástica.
Dentro de esta rígida estructura tectónica, destaca un acontecimiento cromático y gestual anómalo: una incisión de azul turquesa brillante que hiere la mejilla izquierda de la figura. Este trazo, que suspende la continuidad de los tonos térreos, funciona como una sustracción deliberada en la piel protectora del cuadro. Es en este punto de quiebre donde emerge la dimensión más radical de la confianza. Confiar, en el plano de la materia y de la experiencia, no equivale a la inmunidad, sino al acto voluntario de suspender la armadura defensiva para permitir que la superficie sea vulnerable a la alteridad. La incisión turquesa revela que, debajo de la pesada máscara que el rostro erige para protegerse del mundo, late una sensibilidad expuesta. La confianza se define aquí no como la ausencia de herida, sino como la aceptación de la fractura como el único espacio honesto donde es posible un encuentro real y sin simulacros entre la obra y el otro.
Cuando esculpía con el pincel el iris de esos ojos azules, mi intención no era crear un objeto para la contemplación pasiva, sino interpelar directamente a quien se detiene ante el cuadro, devolviéndole la pregunta sobre sus propios sistemas de autodefensa. Quise que esa mirada desmantelara la trinchera del ego, un ejercicio que yo mismo debí realizar al depositar el óleo espeso sobre la tela. Al contrastar las luces frías con las sombras densas, busqué desarmar mis propias certezas como pintor, forzándome a no esconderme detrás de la comodidad del trazo limpio. Al dar por terminada la obra, comprendo que estos ojos ya no me pertenecen por completo; me entrego a sus leyes físicas, a la resistencia de su secado y a su peso volumétrico, desprendiéndome de mi control para que la pintura comience su propia vida de confrontación silenciosa en el espacio de exposición.
De este modo, "CUTIS" se configura como una orilla táctil donde las tensiones conceptuales de la obra hallan una reconciliación material. La piel pictórica, que en un primer momento erige una superficie de protección contra el exterior, acepta ser atravesada por la incisión de la confianza, fundando así un espacio de pertenencia recíproca entre el lienzo y el observador. La pintura deja de ser una representación ajena para convertirse en el espejo de una consciencia que asume sus propios estratos, sus zonas de sombra y sus heridas expuestas. En la vibración de sus empastes y en la honestidad de su materia cruda, el cuadro nos recuerda que la integridad no se alcanza mediante una simetría ideal o un blindaje inexpugnable, sino en la asunción de nuestra propia vulnerabilidad visible, allí donde el arte y la existencia comparten la misma superficie expuesta.