Vista en perspectiva de ACIES de Maurizio Valch, una pintura horizontal de rostro dividido con ojos azules, lado verde oscuro y lado marfil con rojo.
Vista lateral de ACIES, donde se aprecia el formato horizontal y el relieve de la superficie pictórica.

Estudio de contexto / ACIES

ACIES de Maurizio Valch | Rostro dividido en verde y marfil

Desde lejos, los dos ojos azules llegan antes que la cara. No se ofrecen como una pareja: se vigilan. El de la izquierda, hundido en su campo verde y oscuro, parece haber aprendido a sostener una sombra pesada sin bajar el párpado; el de la derecha abre su azul dentro de una claridad que no acaba de tranquilizar. Entre ambos hay una distancia mínima y brutal: comparten nariz, borde de boca, inclinación de cabeza, pero cada pupila organiza un mundo con reglas distintas.

El ojo salta de uno al otro y tropieza con la hendidura vertical. Al principio parece una raya: una decisión limpia, casi administrativa, trazada para que ninguna mitad invada a la otra. Pero basta acercarse un poco para que esa limpieza se vuelva sospechosa. La línea no corta simplemente; aprieta. Los contornos se arriman a ella como si la cara hubiera quedado atrapada entre dos respiraciones que no consiguen coincidir.

¿Qué parte de este rostro está mirando y qué parte está siendo mirada desde dentro?

El lado verde no se deja llamar fondo. Tiene una densidad que empuja hacia delante, una oscuridad que no retrocede aunque el ojo derecho reclame toda la atención con su azul brillante. La superficie visible guarda direcciones: surcos, arrastres, espesores que hacen que la mirada tenga que acercarse. De cerca, la cara se desarma en decisiones rugosas, zonas que parecen resistirse unas a otras. Pero al retroceder, la nariz vuelve a colocarse donde debe, con una obstinación casi cómica.

Si una cara se parte en dos, ¿por qué la nariz sigue sabiendo dónde está el centro?

La risa dura poco. La nariz no está en el centro como un árbitro; parece más bien el lugar donde ambos lados se rozan sin concederse tregua. Su puente asciende entre los ojos y, en vez de unirlos, hace más palpable que no miran desde el mismo sitio. El ojo izquierdo tiene derecho a desconfiar del derecho: el segundo brilla demasiado, se abre con una elegancia que parece tardía, como si hubiera llegado a la cara después de que la reunión ya hubiera empezado.

Kazuo Ohno fue un bailarín japonés cuya danza exploró cuerpos vulnerables, metamorfosis, lentitud y presencias que parecen venir de otro estado de la vida. Aquí no pediría un personaje para este rostro; pediría peso. ¿Qué mitad cae primero? ¿Cuál sostiene el cuello invisible? La verde parece cargar con la gravedad, con el trabajo de no desprenderse del borde oscuro. La clara, en cambio, parece respirar un segundo después, apenas tarde, como una figura que ha empezado un gesto y se ha quedado suspendida antes de encontrar su apoyo.

Entonces el cuadro deja de ser una cara partida y se vuelve una postura imposible. No hay una máscara encima de un rostro ni un rostro detrás de una máscara: hay una frente que se inclina en dos velocidades, dos mejillas que no reciben la luz de la misma manera, una boca que apenas alcanza a negociar su continuidad. La curva negra bajo la nariz no termina de obedecer a ninguno de los dos campos. Allí la cara ensaya una mueca, quizá una palabra, quizá el esfuerzo de mantener juntos unos labios que no han firmado ningún acuerdo.

No sé cuál de los dos lados llegó primero, porque al mirarlos siento que cada uno empuja al otro fuera de su lugar. He querido encontrar una frontera exterior y he encontrado una presión que me atraviesa la imagen. Cuando intento fijar el ojo izquierdo, el derecho se abre dentro de mí con demasiada claridad; cuando sigo el rojo, la oscuridad verde vuelve a ocupar el peso de la cara. No puedo decir que hice un retrato que se divide: veo un rostro que terminó mirándome antes de que yo pudiera decidir dónde empezaba.


Rachel Carson fue una escritora y científica que enseñó a percibir la vida natural como una red delicada de señales, consecuencias y silencios. La raya vertical cambia entonces de función. Ya no es la cicatriz decorativa de una separación; es un borde de contacto. A un lado, la sombra negra modifica el verde; al otro, la franja clara recibe el rojo y lo deja avanzar hasta la zona de la boca. Nada permanece aislado. El azul de cada ojo altera la temperatura de lo que lo rodea: junto al oscuro, el azul parece sacar profundidad de la sombra; junto a la claridad, parece introducir una pequeña alarma fría.

No hace falta asignarles papeles fijos a esos colores. El verde no se comporta como paisaje, ni el rojo como señal de peligro, ni la zona clara como descanso. El rojo llega al rostro como un intruso que ha venido demasiado tarde a una reunión y, sin embargo, consigue cambiar la posición de todos. Baja desde la mejilla derecha, toca el borde de la boca, se aproxima al azul inferior y obliga a mirar de nuevo el negro que delimita el perfil. Una curva produce una consecuencia; un borde se tensa; el azul responde.

Ohno sospecharía que esta cara está a punto de moverse. Carson objetaría que no está a punto de nada: está intentando no romper un equilibrio muy preciso. Pero el ojo izquierdo señala algo que ambas hipótesis habían dejado pasar. No mira exactamente hacia donde mira el derecho. No sólo hay dos climas en la superficie: hay dos direcciones de vigilancia. Uno parece sostener la escena desde una profundidad sombría; el otro parece recibir algo que llega desde delante. La pregunta cambia de lugar. Ya no se trata de averiguar qué mitad observa y cuál es observada, sino de notar que cada ojo puede estar haciendo ambas cosas con una diferencia mínima de tiempo.

Acercarse vuelve incómodo el azul. Sus brillos son demasiado despiertos; no son detalles inocentes. El ojo se aproxima para ver cómo se incrustan en la pupila y descubre que la materia visible no se deja alisar por la distancia corta. Hay relieves, cambios de dirección, pequeñas detenciones. Pero al retroceder, esos espesores dejan de ser terreno y recuperan su obligación de formar una mirada. El cuerpo del espectador hace ese vaivén: inclina la cabeza hacia la superficie, retrocede para que la cara vuelva a cerrarse, y vuelve a avanzar porque la cara nunca termina de hacerlo.

No acepto del todo que el rostro vaya a bailar, aunque veo en él una postura que no encuentra reposo. No acepto tampoco que sólo esté defendiendo un equilibrio, porque los ojos insisten demasiado para quedarse quietos. Quisiera que pertenecieran al mismo gesto y no consigo obligarlos. Prefiero dejar que retengan la pregunta que yo no quiero resolver, porque cada vez que los junto aparece una nueva distancia entre ellos.


La boca queda abajo, pequeña ante la desmesura de los ojos, pero no secundaria. Su línea oscura toma algo de la izquierda y algo de la derecha sin convertirse en propiedad común. Parece el único lugar donde ambas mitades hablan a la vez, aunque una pronuncie la consonante y la otra conserve el aire. Cerca de ella, el rojo deja de parecer mejilla, herida o máscara; se vuelve una presión lateral, una presencia que desplaza el perfil y hace que la claridad no pueda permanecer intacta.

La hendidura vertical tampoco permanece recta cuando se la mira después de los ojos. Arriba separa campos; en la zona de la nariz se vuelve un roce; más abajo parece desviarse hacia la boca, como si necesitara comprobar que la cara todavía sigue allí. La costura no divide dos entidades completas: obliga a que dos ritmos incompatibles usen el mismo borde de nariz, el mismo labio, el mismo instante de mirada.

Y al volver finalmente al ojo izquierdo, su azul ya no parece encerrado en la sombra. Queda suspendido junto a la línea oscura del párpado, atento al pequeño brillo del ojo derecho, mientras entre ambos la curva negra de la nariz sostiene, sin resolverla, una distancia que ya no puede verse como una simple raya.

Obra original
ACIES
Medidas reales
82.7 × 55.1 in / 210 × 140 cm
Presentación
Visualización contextual digital

Referencias de contexto

ACIES Maurizio Valch · pintura rostro dividido verde marfil · cuadro de ojos azules contemporáneo · pintura horizontal de cara abstracta · arte figurativo contemporáneo de gran formato · pintura con textura para pared · cuadro moderno para pasillo · obra de arte original rostro

Sobre esta visualización

Esta visualización sitúa la obra dentro de un contexto arquitectónico para ayudar a coleccionistas y público a imaginar su presencia en un espacio real. Es una referencia interpretativa, no una reproducción exacta: la obra original es la única autoridad sobre la escala, el color, la superficie y la presencia material.