Notas de estudio

STRATA: la superficie que recuerda

En STRATA, la superficie se convierte en un territorio donde materia, cuerpo y memoria aparecen sometidos a presión, desgaste y transformación.

STRATA: la superficie que recuerda

En STRATA, la superficie no es el lugar donde la pintura termina, sino el espacio donde comienza su espesor. Maurizio Valch trabaja el lienzo como un territorio sometido a fuerzas lentas: acumulación, presión, desgaste, corte y sedimentación. Cada obra conserva algo de esos procesos, no como un relato ilustrado, sino como una presencia material. Lo visible no representa un lugar determinado. Se comporta como un suelo que ha recibido tiempo.

Composición horizontal de STRATA en tonos borgoña, atravesada por líneas claras y formas rectangulares rojas y turquesas.
La extensión oscura convierte las líneas y los bloques cromáticos en puntos de resistencia dentro de un territorio continuo.

Territorio y cuerpo

La estratificación da nombre a la serie, pero no la limita a una lectura geológica. Las capas también pueden pertenecer a un cuerpo, una memoria o una forma de pensamiento. Algunas superficies recuerdan una tierra erosionada; otras sugieren pieles extendidas y curtidas por la experiencia. Territorio y cuerpo dejan de ser asuntos separados para convertirse en manifestaciones de una misma materia vulnerable, capaz de registrar aquello que la atraviesa.

Esta ambigüedad permite que el espacio pictórico funcione simultáneamente como suelo, piel, archivo y lugar de aparición. La obra no obliga a elegir entre paisaje exterior y territorio interior. Mantiene ambas posibilidades activas, sin convertirlas en una explicación cerrada.

Las composiciones se construyen mediante grandes campos cromáticos, estratos, horizontes, divisiones espaciales y vacíos contenidos. Predominan los tonos terrosos profundos, los índigos y los carmesíes, con apariciones puntuales de rojo, turquesa o zonas de mayor luminosidad. El color no describe una escena: establece profundidad, temperatura y presión.

Campo pictórico verde recorrido por líneas claras ondulantes y cuatro formas rectangulares con áreas rojas, turquesas y oscuras.
Las formas compactas interrumpen el campo verde mientras las líneas mantienen abierta la continuidad del espacio.

Bajo la quietud inicial permanecen fuerzas contrapuestas. Compresión y ruptura, permanencia y desplazamiento, profundidad y superficie conviven dentro de una estructura austera. Cada elemento parece ocupar un lugar necesario y, al mismo tiempo, inestable.

Incisiones, peso y memoria

Las incisiones hacen visible el registro de la experiencia. Son líneas finas, cortes, recorridos interrumpidos o marcas que atraviesan el campo pictórico sin ordenarlo por completo. No funcionan como ornamento ni como geometría añadida. Actúan como trazos de memoria: no reconstruyen una historia, pero indican que algo ha ocurrido.

En algunas obras pueden recordar mapas incompletos; en otras, heridas, recorridos o anotaciones imposibles de descifrar. Su fuerza reside en esa falta de traducción definitiva. La memoria no aparece como una imagen conservada intacta, sino como una alteración de la superficie.

Frente a la fragilidad de esas líneas, los bloques y las formas monolíticas introducen concentración, resistencia y peso. Son presencias compactas que pueden asociarse con creencias, fijaciones o estructuras interiores endurecidas con el tiempo. Sin embargo, esta relación no funciona como un código rígido. El bloque continúa siendo materia, volumen y tensión antes de convertirse en símbolo.

Composición vertical roja y negra formada por capas gestuales, líneas claras horizontales y pequeñas formas rectangulares pálidas.
La verticalidad concentra la presión de las capas y convierte cada forma clara en una presencia aislada.

En algunas composiciones aparece una percepción de pendiente, esfuerzo o ascenso. Ese movimiento no se representa mediante escaleras. Surge de la organización del espacio, de la relación entre los campos cromáticos y de la resistencia que determinadas formas parecen ejercer dentro de la pintura.

La técnica acompaña esta construcción conceptual. Las bases acrílicas permiten establecer campos y sedimentos; el óleo, las veladuras y las intervenciones posteriores introducen profundidad, desgaste y variaciones de densidad. Las incisiones atraviesan esas capas y revelan que la imagen no procede de una única acción. La pintura conserva rastros de sus distintas etapas: zonas cubiertas, fragmentos que reaparecen, superficies que resisten y cortes que impiden un cierre completo.

Un espacio de tránsito

STRATA ocupa un lugar preciso dentro del recorrido reciente de Maurizio Valch. MARE SOMNIORUM abre el campo del sueño y de una espacialidad onírica. PRIMORDIUM establece un suelo originario, todavía exterior y natal. EMERSIO registra el momento de la aparición y la transformación. En STRATA, ese territorio se vuelve más individual.

Composición vertical en ocres y amarillos con líneas finas ascendentes, pequeños rectángulos claros y franjas estratificadas.
En el campo ocre, la percepción de ascenso nace de las pendientes y de la distancia entre las formas.

La materia parece haber atravesado ya una experiencia y cargar sus consecuencias. No es únicamente el lugar donde algo nace, sino también el lugar donde algo vive, padece, se fija y continúa. Las superficies oscuras y estratificadas contienen esa duración sin convertirla en una narración lineal.

La serie presenta estados de la materia y de la conciencia sin separarlos. La tierra puede ser piel; la incisión, memoria; el bloque, una forma endurecida de pensamiento. Ninguna de estas correspondencias es absoluta. Cada pintura conserva su autonomía y permanece abierta como un territorio bajo presión: una superficie marcada por el tiempo que todavía puede transformarse.