Notas de estudio
Del sueño al territorio
La obra de Maurizio Valch es un recorrido desde la percepción onírica hasta el territorio estructurado. Sus series, como Mare Somniorum, Primordium, Limina y Strata, representan una investigación continua sobre cómo habitamos la realidad, donde las geografías exteriores y las experiencias internas convergen en el lenguaje pictórico.
El recorrido de las series
La obra de Maurizio Valch puede leerse como un recorrido entre distintas formas de habitar la realidad. Sus series no funcionan como conjuntos aislados, sino como estaciones de una misma investigación: el paso desde un espacio dominado por el sueño y la percepción hacia un territorio más estructurado, marcado y consciente.
En la serie MARE SOMNIORUM, el mundo aparece todavía suspendido. El paisaje no se presenta como una geografía estable, sino como una extensión mental donde la memoria, el deseo y la distancia alteran la forma de lo visible. El Mediterráneo no es únicamente un lugar: es una región imaginaria, un espacio de tránsito y una reserva de imágenes. El horizonte separa, pero también vincula. Marca una distancia entre lo conocido y aquello que todavía no ha adquirido forma.

En estas primeras configuraciones ya aparecen algunos de los elementos que atravesarán las series posteriores: escaleras, bloques, luces suspendidas, divisiones horizontales y construcciones que no terminan de pertenecer al paisaje. No son símbolos cerrados. Actúan como señales. Indican que el espacio exterior contiene una dimensión interior y que toda transformación de la consciencia termina modificando también la relación con el mundo.
La escalera representa el ascenso, pero no como progreso automático ni como promesa de salvación. Subir implica abandonar una posición anterior, revisar las ideas heredadas y responder por la propia mirada. Nadie puede realizar ese movimiento en lugar de otro. Por eso la escalera contiene una dimensión solitaria. Sin embargo, ese ascenso no permanece encerrado en la intimidad: se refleja en la conducta, en la vida colectiva y en la capacidad de resistir las corrientes de pensamiento que una sociedad reproduce sin examinarlas.

El monolito aparece como una presencia. Conserva algo humano, aunque no represente una figura. Puede ser construcción, vestigio o cuerpo silencioso. Su interior permanece inaccesible. Frente a él, la luna no funciona únicamente como elemento nocturno: introduce un baño de luz que permite distinguir el territorio sin revelarlo por completo. La luz muestra, pero también conserva el misterio.
A medida que el lenguaje pictórico avanza, el suelo adquiere mayor importancia. En la serie PRIMORDIUM, el territorio se vuelve origen. Ya no es solo un espacio atravesado por el sueño, sino una materia primaria sobre la que algo puede aparecer. En EMERSIO, las formas comienzan a elevarse y separarse del fondo. En la serie LIMINA, el espacio se vuelve inestable: surgen chorreados, primeras incisiones y zonas de tránsito. La pintura se aproxima al umbral entre lo que todavía carece de forma y aquello que empieza a organizarse.
Este recorrido no debe entenderse como una evolución lineal en la que una serie supera a la anterior. Cada una conserva una forma distinta de conocimiento. El sueño no desaparece cuando aparece el suelo. La memoria no deja de actuar cuando la composición se vuelve más austera. Lo anterior permanece sedimentado dentro de lo nuevo.

La fotografía de Montserrat permite comprender esta superposición. La montaña, la construcción, la luz y el mar de nubes no explican una obra concreta, pero pertenecen al mismo campo de percepción. Los paisajes atravesados por el artista no regresan como ilustraciones documentales. Se mezclan entre sí, pierden su fecha y se convierten en estructuras. El territorio pictórico contiene geografías exteriores, pero también estratos de experiencia.
Esa doble condición alcanza una forma más intensa en la serie STRATA. Allí, el territorio deja de ser únicamente paisaje y comienza a parecerse a una piel. Las superficies contienen cortes, divisiones, bloques y marcas. Las incisiones pueden recordar mapas, heridas o trazos de memoria. Los monolitos ya no se limitan a habitar el espacio: presionan sobre él, lo interrumpen y lo obligan a reorganizarse.
STRATA introduce una pregunta que atraviesa todo el conjunto de las series: cuánto de aquello que una persona considera propio pertenece realmente a su experiencia, y cuánto ha sido heredado, acumulado o impuesto. Las capas no representan una identidad estable, sino una construcción sometida al tiempo, a la presión y a la posibilidad de ruptura.
El recorrido que une estas obras no propone una doctrina ni una respuesta definitiva. Plantea una condición: la consciencia no aparece fuera del territorio, sino dentro de sus capas. Surge al reconocer las huellas, las divisiones y los materiales que han dado forma a una vida y a una sociedad.
Desde el sueño hasta la piel del territorio, las series describen una transformación que es individual y colectiva. Toda mirada que se modifica altera también la forma de estar con los otros. Toda fractura interior tiene consecuencias exteriores. Y todo ascenso comienza cuando alguien deja de repetir una dirección heredada y acepta la responsabilidad de elegir su propio movimiento.