Notas de estudio

La orilla táctil

Habitar la línea divisoria no como un muro de separación, sino como la membrana común donde los opuestos se tocan, se confunden y se descubren.

Pintura abstracta horizontal de gran formato con un fondo verde oscuro dominante. Tres bloques rectangulares, dos rojos y uno con tonos azules, aparecen con reflejos o sombras oscuras debajo. Dos líneas blancas finas y onduladas cruzan la composición. La obra se apoya en una pared clara en un estudio de techos altos.
STRATA VII — NEXUS de Maurizio Valch. Profundo campo verde, bloques rojos y azules, y líneas incisas. Un territorio abstracto para la contemplación.

Trazar un límite es fundar un conflicto. En el relato mítico del Génesis, la herencia de Adán, el primer cartógrafo, no consiste solo en dar nombre a las bestias y a las plantas, sino en dividir la continuidad de lo vivo en parcelas manejables. Al fragmentar la experiencia, se erige un muro: un adentro seguro y un afuera amenazador. El peligro no radica en la utilidad práctica de este mapa conceptual, sino en la amnesia que sobreviene cuando se confunde el mapa lingüístico con el territorio real que pretende describir.

Esta fragmentación conceptual coloniza la percepción del tiempo. Se suele habitar un presente «relleno de bocadillo»: una delgada tajada de realidad aprisionada entre las rebanadas de un pasado inalterable y un futuro proyectado con angustia. En este esquema dual, el ahora carece de espesor; es solo un instante fugitivo. La resistencia a habitar el presente obliga a la consciencia a saltar de una experiencia a otra en busca de una fluidez que se le escapa, precisamente por no ver que ya está sumergida en ella.

La geografía natural ofrece otra perspectiva. En La conciencia sin fronteras (1979) —obra del psicólogo transpersonal Ken Wilber, editada en español por Editorial Kairós con traducción de Marta Guastavino—, se examina el concepto de límite. Wilber señala que las fronteras naturales, como la línea de la costa, no son divisiones hostiles que aíslan la tierra del agua. Al contrario, la orilla es el espacio de encuentro donde ambas interactúan. El límite deja de ser una línea de batalla para convertirse en una membrana de contacto táctil.

Esta perspectiva se apoya en la obra del filósofo británico Alan Watts, quien en La sabiduría de la inseguridad (1951) desmontó el dualismo entre sujeto y objeto. Watts explica que la fragmentación del lenguaje induce a creer que se «tiene» un cuerpo, como si el sujeto fuera un inquilino alojado en la cabeza que maneja una montura de carne separada de su entorno. Al disolver esta demarcación, la experiencia se revela indivisible: percibir un árbol no difiere de la experiencia misma de verlo. El observador no es una entidad ajena al proceso; es el proceso mismo de observación.

Al trasladar esta deconstrucción al arte, la distancia entre el espectador y la obra deja de ser un vacío inerte. El intervalo se convierte en un territorio activo, una zona de resonancia somática donde el cuerpo y la materia entran en fricción. La superficie de un cuadro o la rugosidad de una escultura no bloquean el paso, sino que se ofrecen como puntos de encuentro. El objeto artístico no es un absoluto estático, sino una membrana que pulsa con la atención sensible, transformando la separación física en un contacto continuo.

El encuentro definitivo se produce al colapsar la distancia analítica. En el plano transpersonal, el cuerpo deja de experimentarse como un contenedor cerrado para convertirse en el espacio donde el entorno se siente a sí mismo. Al ceder la rigidez del control del ego, la percepción inunda la unidad psicofísica. El adentro y el afuera, lo voluntario y lo involuntario, revelan su identidad implícita. Las tensiones contra la vulnerabilidad física se disuelven en un movimiento orgánico, semejante al de la cresta y el seno de una sola ola.

Habitar esta orilla táctil exige abandonar el intento de manipular los opuestos para descansar en su coincidencia. No se trata de eliminar el polo negativo para sostener una ilusión de progreso, sino de unificar la experiencia con la misma entrega con la que la costa se deja bañar por la marea. Al deponer la resistencia contra el ahora, el espectador, la obra y el espacio se integran en una única trama sin costuras: un tejido sin fronteras donde todo lo que se toca se revela, en el fondo, como el rostro original de lo real.

Escuchar

Material que acompaña esta nota

La conciencia sin fronteras - Editorial Kairós Página oficial de la editorial para el libro de Ken Wilber en español Abrir fuente