Notas de estudio

La insumisión del declive

Frente a la ortopedia del ángulo recto y la cuadrícula abstracta que parcelan la experiencia moderna, la densidad pictórica de DECLIVIS reivindica el derecho a la caída y la sabiduría física de la imperfección.

El día comienza bajo el cerco de una ortopedia invisible. Al despertar, el ojo tropieza con el ángulo recto de las paredes, la horizontalidad corregida del suelo y la cuadrícula de las ventanas. El espacio contemporáneo no suele admitir la sinuosidad de la tierra; la aplana, la divide y la somete mediante la plomada y el nivel. Esta rectificación no es solo un criterio constructivo, sino una pedagogía silenciosa que entrena a los cuerpos para moverse en líneas rectas y desconfiar de todo declive. En el invierno de 1874, en el nordeste de Brasil, la rebelión campesina conocida como la Revuelta de los quiebraquilos se alzó contra la imposición del sistema métrico decimal de origen francés. Al destrozar balanzas y patrones en los mercados, aquellas comunidades no defendían el caos, sino la escala táctil de sus intercambios frente a la abstracción geométrica que pretendía tasar su mundo desde la distancia.

En su ensayo Metáforas que nos piensan, el matemático y sociólogo español Emmánuel Lizcano señala que la línea recta y el plano cartesiano no son verdades desnudas de la naturaleza. Son prótesis creadas por una cultura específica para parcelar, medir y gobernar la realidad física. En el prólogo de esa misma obra, el filósofo Santiago Alba Rico acuña el término horizóntigo: un vértigo inverso al del abismo vertical. Es la desorientación física que surge ante la anchura sinuosa y libre de la tierra, allí donde las distancias no se pueden cuadricular y el sendero se ve obligado a serpentear para respetar la geografía.

La pintura DECLIVIS, de Maurizio Valch, plantea un campo de color carmesí espeso y texturado, surcado por finas incisiones blancas. Sobre este lienzo vertical de gran densidad física, las líneas no actúan como ejes de coordenadas ni como límites. No dividen el espacio para organizarlo; al contrario, ceden, se inclinan y caen por la superficie roja. Son trazos que renuncian a la rectitud para encarnar el deslizamiento, suspendidos en una pendiente que desobedece la ley del nivel.

Pintura abstracta vertical apoyada en el suelo de madera de un taller artístico con paredes de color turquesa envejecido. El lienzo muestra un campo de color rojo carmesí texturizado, atravesado horizontalmente por finas líneas blancas incisas y cuatro pequeños bloques rectangulares de color rojo más intenso distribuidos en sentido diagonal.
DECLIVIS de Maurizio Valch, pintura en acrílico y óleo de formato vertical apoyada en un taller bohemio, donde los bloques carmesí y las incisiones estructuran un plano de gran densidad material.

El color carmesí y las incisiones no se detienen en el límite del plano frontal. Continúan sobre los cantos del lienzo, envolviendo el bastidor en una continuidad táctil que anula la función divisoria del marco. Esta persistencia de la materia aproxima la pintura a la condición de relieve, un objeto tridimensional que habita el espacio real. Al desbordar la frontera de la visualidad pura, la obra se convierte en una «orilla táctil»: una membrana donde los límites se tocan y la superficie pintada recupera su condición de cuerpo expuesto a la luz y al roce del entorno.

El líder espiritual de los sioux oglala, Black Elk (1863-1950), denunció en su testimonio recogido por John G. Neihardt cómo su pueblo fue obligado a vivir en «cajas cuadradas». Para su cultura, el poder del mundo siempre había operado en círculos: desde la forma de las tiendas redondas y los nidos de las aves hasta el curso de las estaciones. En esa visión, lo cuadrado representa un espacio estático, una celda que interrumpe el flujo de la vida; por el contrario, la línea curva permite que la fuerza de la tierra se mueva y se renueve.

El declive de la línea evoca la física del clinamen: ese desvío mínimo de los átomos en su caída recta por el vacío que, en el pensamiento atomista antiguo, permitía la colisión de la materia y el nacimiento de las cosas. Caminar no es un ejercicio de rigidez, sino un equilibrio dinámico que se sostiene mediante una sucesión de caídas controladas. El cuerpo avanza porque se inclina, abandonando momentáneamente el eje vertical para entregarse a la gravedad. En ese deslizamiento se halla una verdad somática que la cuadrícula intenta suprimir: la fragilidad y el peso son las condiciones indispensables del movimiento.

Vista de cerca del borde de una pintura abstracta con tonos ocre y amarillo, revelando la textura del lienzo y los cantos del bastidor. El fondo es una pared de hormigón gris texturizado. La luz lateral realza las capas de pintura.
La obra "Estratos Ocre" de Maurizio Valch, con sus texturas y estratos, se integra en un espacio de estética contemporánea, enfatizando su presencia material.

Habitar la línea herida exige deponer la tiranía de la exactitud. Frente al control que impone la llanura planificada de despachos, aulas y laboratorios, el declive propone una estética del desvío. La pintura no simula ser una ventana hacia un mundo idealizado, sino que ofrece una superficie rugosa donde la mirada puede tropezar, deslizarse y encontrar una belleza que no depende de la simetría, sino de la honestidad de su caída.