Notas de estudio

La custodia de la escala pequeña

Frente a la pretensión monumental del pensamiento que busca ocupar todo el territorio, las incisiones de ATHAR y la diminuta presencia de SINGULA funcionan como refugios cerrados donde lo verdaderamente importante ocurre a resguardo.

El primer impulso frente a un gran plano de color suele ser la ocupación. El ojo humano, condicionado por una inercia de conquista, busca descifrar la superficie, trazar rutas lógicas y rellenar los vacíos con explicaciones. En ATHAR, un imponente lienzo vertical dominado por el óleo y el acrílico carmesí parece imponer en un primer impacto esa escala monumental. La densidad de la materia evoca un estrato antiguo, un muro impenetrable que despierta la urgencia racional de colonizarlo mediante la mirada. Esta tendencia a la expansión no es exclusiva de la espectación del arte; es el mismo mecanismo que convierte la existencia cotidiana en una sucesión de grandes gestas, proyectos titánicos y búsquedas incansables de validación externa. El pensamiento tiende a creer que para habitar un territorio, real o mental, es necesario conquistarlo por completo, asimilando cada rincón bajo el peso de una teoría absoluta.

Sin embargo, al aproximarse a la materialidad de la serie STRATA, esa pretensión de totalidad se quiebra ante la delicadeza del accidente y la sustracción. En la superficie de ATHAR, el plano rojo ha sido marcado por incisiones horizontales que no añaden información, sino que retiran materia física. Son tajos sutiles que revelan el soporte subyacente y abren pequeños habitáculos geométricos distribuidos de manera escalonada en el lienzo. El espacio ya no se presenta como una llanura ilimitada que exige ser tomada, sino como una estructura agrietada donde la inmensidad se detiene para ofrecer pequeños refugios. Esta misma lógica opera en SINGULA, de la serie SITUS, donde sobre un denso campo de azul profundo y negro se traza una línea delgada y solitaria. Sobre ese horizonte mínimo se asienta un único y diminuto bloque rojo, apenas un fragmento que actúa como un centinela aislado. Estas discretas intervenciones alteran radicalmente la escala de la composición: el abismo cromático deja de ser una amenaza vacía y se transforma en el marco protector de una presencia minúscula pero plenamente soberana.

Fotografía en contrapicado de un lienzo vertical rojo apoyado sobre un suelo de madera rústica en un atelier de techos altos. La obra presenta una densa capa de pintura carmesí con cuatro líneas incisas horizontales y pequeños bloques blancos distribuidos de manera escalonada.
ATHAR, de la serie STRATA de Maurizio Valch. Una obra en formato vertical donde el óleo y el acrílico rojo interactúan con incisiones geométricas.

Esta necesidad de delimitar un espacio minúsculo para resguardar lo que no puede ser visto evoca una imagen de la literatura del siglo XX. En El Principito (1943), la narración de Antoine de Saint-Exupéry, el aviador dibuja una caja sencilla con tres agujeros para responder a la frustración de un niño que exige ver un cordero perfecto. Al asegurarle que el animal se encuentra durmiendo en el interior de esa estructura cerrada, el dibujo desactiva el ansia de la representación exacta y la sobreinterpretación del ojo adulto. La caja de madera no oculta por mezquindad; protege al ser vivo del desgaste del juicio exterior y de la insistencia en medirlo todo bajo estándares monumentales. De manera análoga, las incisiones geométricas talladas en la materia roja de ATHAR y el bloque rojo delimitado en SINGULA funcionan como esos tres agujeros de la parábola. Son límites y refugios cerrados donde lo verdaderamente importante ocurre a salvo del ruido del exterior, preservando el misterio de la pintura frente a la tentación de traducirla en explicaciones rígidas.

El repliegue hacia lo pequeño plantea un modelo de resistencia psicológica frente a las exigencias contemporáneas de productividad y validación. En la misma fábula de Saint-Exupéry, el asteroide B612 representa ese hogar minúsculo donde la existencia no se mide por la extensión del territorio, sino por la cualidad del cuidado. En ese espacio ínfimo, limpiar tres pequeños volcanes y proteger una sola rosa bajo un biombo constituyen la totalidad de una responsabilidad real e ineludible. Para el artista, esta escala microcósmica encuentra un eco directo en la rutina silenciosa de su taller rústico y en el compromiso cotidiano hacia sus propios animales. Atender la necesidad física de un animal no admite discursos grandiosos ni teorías complejas; es una acción concreta y humilde que devuelve la mente a lo inmediato. Frente a la creencia de que no hay derecho a estar en paz mientras quede algo pendiente en el horizonte de las grandes ambiciones, el cuidado de la escala pequeña actúa como un ancla táctil. No es una huida del mundo, sino la recuperación de una soberanía íntima frente al impulso de convertir la vida en una constante gesta heroica.

Al final, el hecho pictórico y la experiencia vital coinciden en una misma advertencia: la realidad termina sepultada bajo sus interpretaciones si no se custodian sus límites más íntimos. Cuando una acción pequeña empieza a exigir una teoría completa sobre quiénes somos, el pensamiento ha tomado el hecho para convertirlo en un conflicto psicológico permanente. Custodiar la escala pequeña —la hendidura en la pintura, el silencio del taller, el alimento de los animales— permite habitar la inmensidad del territorio sin la obligación de conquistarlo. No hace falta poseer todo el desierto ni explicar el abismo de la tela; basta con sostener la presencia del pequeño centinela rojo, asegurando que, en mitad de la presión y el sedimento del tiempo, siga existiendo un habitáculo mínimo donde lo invisible permanezca a salvo.

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