Notas de estudio
La condena del peldaño pendiente
Una relectura del mito de Sísifo a través de la sobriedad visual de GRADUS, desmontando la necesidad del creador de sufrir en una gesta interminable para justificar su existencia.
El mito de Sísifo suele leerse desde la fatiga física. Un cuerpo empuja una roca colina arriba, contempla cómo rueda hacia el abismo y desciende para reiniciar el trayecto. Esta condena de la repetición inútil encuentra un contrapunto en la sobriedad de la obra GRADUS, perteneciente a la serie SITUS. En este lienzo, un campo de azul profundo sostiene sutiles incisiones blancas y bloques de color suspendidos. Sin laderas accidentadas ni tensión muscular, la geometría plantea una quietud extraña: los peldaños no conducen a ninguna cumbre transitable. Al observar esta composición, surge una sospecha: tal vez el castigo de Sísifo no reside en la gravedad de la piedra ni en la pendiente, sino en la creencia de que la paz solo comenzará tras coronar la cima.

Cuando la mente opera bajo la premisa de la postergación, el escalón —gradus— deja de ser un plano de apoyo o transición para convertirse en la arquitectura de una urgencia autoimpuesta. El pensamiento transforma el gesto cotidiano o creativo en una doctrina de supervivencia donde no existe el derecho a descansar mientras quede algo pendiente. La colina deja de ser un relieve geográfico para revelarse como un territorio psicológico saturado de planes. La roca que se empuja ya no es de granito; es la creencia de que la validación personal aguarda en la meta resuelta, un metro más arriba.
Esta necesidad de construir un relato lineal de esfuerzo y recompensa está ligada al funcionamiento de una consciencia que fragmenta el presente para inventar deudas y promesas de salvación. Un fragmento lírico surgido de las grabaciones de estudio de Maurizio Valch describe este mecanismo de vigilancia:
«Esta delgada capa que llamamos consciencia,
que inventa el tiempo y la latencia,
que recuerda, que alaba o condena,
que salva o incendia, que se rinde y entrega.
Esta delgada capa que llamamos consciencia,
no es ni amigo ni enemigo, ni mucho menos nuestra esencia.»
Si esta capa que clasifica e inventa el tiempo dibuja la pendiente, la lucha contra la piedra se vuelve irresoluble. El pensamiento fabrica emergencias para evitar el silencio. Sin embargo, cuando cesa la urgencia, no siempre aparece la paz; a menudo surge una profunda desorientación al desvanecerse la estructura que esa presión proporcionaba.

De este mecanismo brota la sospecha frente al "viaje del héroe". La estructura arquetípica popularizada por Joseph Campbell, que describe al individuo abandonando su entorno para superar pruebas y regresar transformado, encierra una trampa para el creador: la glorificación del sufrimiento como paso obligatorio hacia la revelación espiritual. Cuando la existencia se interpreta como una gesta interminable, la tensión se convierte en una medalla de honor. El artista se obliga a sufrir bajo la roca para justificar su derecho a existir, transformando la creación en un escenario de sacrificio en lugar de un espacio de atención limpia.
En su ensayo El mito de Sísifo (1942), Albert Camus propuso una salida a este absurdo: hay que imaginarse a Sísifo dichoso en el momento en que desciende a buscar la roca. Al aceptar conscientemente la falta de sentido de su tarea, el héroe se adueña de su destino. Sin embargo, la propuesta visual de GRADUS va un paso más allá de esta rebelión existencial. No busca una felicidad trágica en el absurdo ni la resignación de empujar la piedra eternamente. Abre una pregunta distinta: ¿qué ocurre si descubrimos que la colina no existe? ¿Qué pasa si la ladera que se debe conquistar es solo el ruido de un pensamiento asustado que inventa obstáculos para huir del silencio?
Esta desactivación de la urgencia conecta con la perspectiva de Jiddu Krishnamurti sobre el tiempo psicológico. Su afirmación de que "el primer paso es el último" sugiere que la cualidad de la acción presente no es un medio para un fin futuro, sino que ya contiene la totalidad del movimiento. Si el primer paso se da con el deseo de llegar a la cima para encontrar validación, ese inicio estará condicionado por el conflicto. En cambio, si el peldaño se atiende como un hecho simple, libre de la necesidad de fabricar una teoría de supervivencia, la distancia psicológica se desvanece.
Al desmitificar la cima, el peldaño recupera su escala humana. Deja de ser el soporte de una promesa postergada para convertirse en un plano de color sobre un fondo impenetrable. En la obra de la serie SITUS, las líneas no se proyectan con desesperación hacia el límite superior; coexisten en un equilibrio sutil que no exige una resolución inmediata. La paz no aguarda al final de una gesta de validación, sino en la capacidad de observar la piedra, la mano y el suelo sin el peso de la interpretación.